A pesar de estas temperaturas todavía tan veraniegas en estas fechas próximas al mes de Noviembre, nuestros vinos siguen con su proceso habitual de maduración y afinado.
Acostumbrados siempre a ver el producto en su estado final, embotellado y listo para consumir, a muchos cautiva descubrir los colores y matices tan sorprendentes por los que pasan los vinos en sus diferentes fases.

Una vez acabada la fermentación alcohólica, las levaduras, esos microorganismos que ayudan en la elaboración del vino a transformar los azúcares de la uva en alcohol y otros compuestos de interés, prosiguen con su desinteresada colaboración. Así, al terminar el proceso fermentativo, estos hongos unicelulares se posan en el fondo de los depósitos formando unos sedimentos conocidos como lías. Justo a partir de este momento y ya de forma inactiva, comienzan a liberar al vino sus estructuras celulares. Estos componentes, de gran interés a la hora de perfilar los vinos en las etapas previas al embotellado, suponen un factor muy importante para mejorar algunas de las cualidades del vino a nivel físico-químico como la estabilidad tartárica y proteica. El proceso también permite mejorar cualidades a nivel sensorial, consiguiendo un color del vino más estable y obteniendo aromas más perdurables en el tiempo. Todas estas  cualidades provocarán sensaciones en boca más suaves y agradables.

Aprovechando todas estas circunstancias el proceso continúa poniendo en suspensión de forma periódica estos sedimentos en una técnica conocido como “crianza sobre lías”, dando lugar a la cromaticidad en los vinos típica de esta fechas en las que nos encontramos.

Los colores de los vinos en este proceso son sorprendentes.